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dimecres, 12 de desembre del 2012

Una serie brutal, "The Boss"

"The Boss" nos cuenta la historia del alcalde de Chicago, el mayor c...nazo que ha aparecido en la pequeña pantalla en los últimos años, a la altura de muchos políticos españoles, perdón, presuntos.

El villano hiperbólico por Ricardo J.G.

Decía Rüdiger Safranski en su esplendido ensayo (El mal o el drama de la libertad) que no hacía falta recurrir al diablo para entender al mal, que el mal pertenecía al drama de la libertad humana, que el hombre —en tal que “animal fijado”— es en realidad rehén de su conciencia (“la conciencia hace que el hombre se precipite en el tiempo”) y que el mal no es en realidad ningún concepto sino un nombre para lo amenazador. Sin embargo, después, y al desglosar el caso de Adolf Hitler (al que el estudioso califica de “poder demoníaco”) se planteaba algo incluso más interesante, citando a Goethe, “pero cuando más terriblemente se presenta lo demoníaco es al emerger en algún hombre, predominando en él (…) No siempre son los hombres más distinguidos, ni por espíritu ni por talento, y raras veces se acreditan por una bondad de corazón. Pero de su interior emana una fuerza enorme, y ejercen una fuerza increíble sobre todas las criaturas e incluso sobre los elementos”.







Al protagonista de Boss, la serie de Starz, cabría aplicarle la definición y comprobaríamos que no solo encaja en ella sino que se siente cómodo en ese territorio donde (en palabras de Safranski) “el uso de la moral se reduce a la esfera privada”). Ese sea probablemente el mayor atractivo de la serie, su profunda conexión con un concepto de maldad que ha sustituido el poder como medio para convertirlo —sin tapujos— en el fin último y definitivo. Pero esa virtud de índole inequívocamente shakesperiana es también su mayor defecto: efectivamente, tanta trascendencia puede resultar cansina incluso si el villano es alguien con el magnetismo de Kelsey Grammer. La reflexión de la política como alcantarilla no es nueva (ni mucho menos, The thick of it, K Street o la propia The wire ya pusieron antes su pica en Flandes) pero en Boss el hedor es —en ocasiones— insoportable.






Demos un paso atrás: Boss es una serie estadounidense que cuenta la historia del alcalde de Chicago, Tom Kane (apabullante Grammer) desde el momento —no es un spoiler, sucede en el primer minuto del piloto— en que se le diagnostica una enfermedad mortal. La empatía le dura al espectador unos diez minutos, los que tardamos en comprobar que el tal Kane es la reencarnación de Maquiavelo con un par de secuencias del ADN de Charles Manson y otro par del Marqués de Sade. Corrupto, empozoñado, incapaz de mostrar ningún tipo de sentimiento por nadie (incluida su hija) y rodeado de un equipo que le teme y le adora a partes iguales (el equilibrio entre ambas sensaciones virará inexorablemente hacía lo primero a medida que avance la serie) el señor alcalde es un hijo de puta que vendería a su madre por un voto y que considera que hay en él una vertiente divina que le permite decidir la suerte de los que le rodean (hablamos de vida o muerte, literalmente). Esta suerte de Napoleón con rasgos esquizo-paranoides personifica (maravillosamente bien, si me preguntan a mí) la textura que ha adquirido la casta política en los tiempos modernos a ojos del votante: la de un monstruo sin conexión con la realidad para la que el ejercicio del poder ni siquiera debe tener un beneficio económico (aunque lo tenga, faltaría más) sino que ha de conducir a un estado de pánico inducido al conjunto de la población hasta convencerla de que no sobrevivirían sino fuera por la presencia del altísimo (el propio político).

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dilluns, 28 de maig del 2012

Enganchado a "The Wire"

Me habían hablado mucho de esta serie, si lo mejor de lo mejor, que si era excelente, así que aprovechando una noche solitaria -los críos en la cama y mi mujer de guardia-, empecé con el primer capítulo, y no puedo parar, no puedo dejarlo.  Es una experiencia brutal.

-Cuando estabas casado hacíamos el amor en habitaciones oscuras de moteles sin nombre, ahora que has dejado a mi mujer sólo vienes a mi casa para preguntar por cosas de trabajo.

(Se besan, desnudan...)

-¿Te has corrido?

-No sé porque lo preguntas, se que en el fondo no te importa.

Os dejo este brillante artículo de Jot Down para conocer mucho mejor esta Obra Maestra, y al final un vídeo con la escena genial del ajedrez -lo cuelgo en castellano, lo suyo es escucharlo en el inglés de los barrios bajos de Baltimore.


¿La serie de televisión más grande de todos los tiempos?
Bueno, con toda seguridad una de las cuatro o cinco más grandes. Se dice tan a menudo que se ha convertido casi en un tópico incómodo, pero no por tópico deja de ser cierto: el mejor cine actual está fuera de los cines, más concretamente en las series de televisión. Algo impensable hace unas pocas décadas, donde a nadie se le pasaba por la cabeza equiparar la calidad del drama televisivo con el cinematográfico… pero hoy la opinión general es que la TV ha sobrepasado al cine comercial en cuanto a logros artísticos. Mucha gente se dio cuenta de ello con la explosión de The Sopranos, la serie cuyo éxito cambió para siempre la percepción global de la relevancia del drama en la pequeña pantalla. Estaba producida por una cadena norteamericana de cable, la HBO, que ha demostrado —y podrían tomar nota las cadenas españolas— que la mejor forma de imponer respeto en el mundo audiovisual sigue siendo el hacer las cosas con la mejor calidad posible.
Aunque durante un tiempo pareció que The Sopranos no tendría competidoras directas en las listas de mejores series en esta edad dorada del drama televisivo, la propia HBO se encargó de crearle una dura competencia sobre la marcha. The Wire es citada por bastantes críticos como quizá “la mejor serie de televisión de la historia”. Aunque pueda parecer la típica hipérbole propia de fans, lo cierto es que nadie que la haya visto podría atreverse a negar que es, como mínimo, una de las más serias candidatas. A algunos les gustará más The Sopranos, otros añadiríamos una tercera serie de HBO (Deadwood) a la trilogía de Series Sagradas, pero no recuerdo una serie dramática que haya mantenido semejante nivel a lo largo de cinco temporadas, sin prácticamente flaquear un instante, como lo hizo The Wire.
Es el momento de decirles algo a los lectores que nunca la han visto y que creen que saben lo que se están perdiendo: mucha gente no se toma muy en serio la fervorosa recomendación de The Wire, por la sencilla razón de que lo primero —y último— que escuchan es que se trata de una “serie policíaca”. Cuando oyen mencionar el término “policíaca” dejan de prestar atención; creen que se hacen una idea comparándola mentalmente con las series policíacas que ya conocen. Pero, ¡nada más lejos! The Wire no sólo tiene un nivel narrativo que ya apenas puede verse en las salas de cine, sino que es demasiado compleja como para ser considerada simplemente una serie de género: la temática policial domina la primera temporada, pero las cuatro siguientes son tan distintas entre sí que calificar The Wire como “serie de policías” sería como decir que El señor de los anillos es un tratado de bisutería.
Así pues, si no es una serie policial, ¿qué es The Wire? Buena pregunta y difícil de responder con un único adjetivo que no sea “obra maestra”. Así que responderemos por partes. Podríamos decir, para empezar, queThe Wire es un canto a la ciudad de Baltimore. ¡No, amigo lector, no huya todavía! Esta serie no es un documental turístico: quédese y siga leyendo.
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Y otro análisis de la serie publicado en Reflexiones Iracundas.