Os dejo este gran artículo de Fermín de la Calle, publicada en una revista imprescindible, Jot Down.
Londres, la capital del despelote.
La foto compone bien. ¡Qué demonios! Quizá por el barbado mesianismo del protagonista, por ese trotar cochinero del agente que acude a cubrirle con una gabardina, por la impecable facha de los bobbys… Un instante sublime, al menos para Time, que la eligió imagen del año. People meó más largo, elevándola a los altares como imagen de la década.
El fotograma gravita en torno a tres sujetos. Activo, pasivo y elíptico. El sujeto pasivo, paradójicamente, es el despelotado: Michael O’Brien, sumiso y presto a entregarse. El sujeto activo, contrariamente a lo que se pueda pensar, es el diligente policía, como no podía ser de otra forma: Bruce Perry. Y el protagonista elíptico es el cofundador del movimiento streaker, sin comerlo ni beberlo: el fotógrafo Ian Bradshaw. “No habría pasado nada si Ian no hubiera estado allí. Por entonces la televisión no cubría los partidos de rugby. Pero con su fotografía todo se nos fue de las manos”, afirma resignado O’Brien. Las 10 libras que ganó este australiano desnudándose con impúdica tenacidad, 10 libras en 1974 eran 10 libras, fueron las mismas que pagó en la comisaría para saldar tamaño escándalo en el descanso del Inglaterra-Francia de rugby una fría mañana de febrero en Twickenham. Su gesto inauguró tendencia y tras O’Brien brotaron la voluptuosa Erica Rowe, el cocinero de fragata Michael Angelow, el inabordable Mark Roberts… Pero no crean que esto es nuevo, hace siglos que la gente corre en bolas por ahí. Concretamente desde la noche del 5 de julio de 1799, cuando la policía londinense, siempre Londres, detuvo frente a la Mansion House a un desvergonzado que recorría como vino al mundo el trayecto entre Cornhill a Cheapside. En juego, 10 guineas. Hasta servidor lo habría hecho por ese dinero. Por no hablar de los acalorados paseos a caballo de Lady Godiva por Coventry allá por el año 1050.
Sin embargo, la foto de Bradshaw, como todas, tiene su intrahistoria. Lo que se intuye, pero no se escucha. Bruce Perry, tipo afable y bonachón, salió al corte “avergonzado por el espectáculo, teniendo en cuenta que estaba la princesa Alexandra en el palco”. Y ante la premura abochornante echó mano de lo primero que tenía para tapar las vergüenzas del espontáneo. “Coloqué el casco y el resto lo hizo Bradshaw con su cámara”. El fotógrafo no lo tuvo fácil: “En un segundo se arremolinaron a su alrededor. Me preocupaba encontrar un buen encuadre y recé para que el casco no saliera movido”. La Omertà de la foto esconde grandes misterios que han sobrevivido al paso de los años: ¿de qué hablan Perry y O’Brien? ¿Dónde señala el dedo del exhicibionista? ¿Cómo acabó el asunto?
Una escultura de Walter Keethner conmemora en el Rugby Club de Londres aquel instante condenando a la posteridad a O’Brien, actualmente discreto hombre de negocios en Melbourne. Más allá de las 10 libras de multa, el espontáneo ha purgado su fanfarronada siendo protagonista de numerosas campañas. Una marca de ropa interior empapeló Reino Unido y Australia con la imagen en 1991 y cuatro años más tarde un holding británico de telecomunicaciones utilizó la foto para anunciar que los números de teléfono incorporaban un dígito adicional. El dígito que escondía el casco del agente 426-T, verdadero protagonista de este momento glorioso. El lienzo descansa en la memoria colectiva bajo el nombre ‘The Twickenham streaker”. Pero fue Perry, tan británicamente pudoroso, quien pasó a la historia como el héroe anónimo de tan embarazoso episodio. Y ¡qué demonios!, la foto compone de pelotas.
dilluns, 7 de novembre del 2011
El primer Streaker
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diumenge, 6 de novembre del 2011
En defensa de la Llengua Catalana
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dissabte, 5 de novembre del 2011
El Premio Nobel de Economía, un griego y una cabra.
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divendres, 4 de novembre del 2011
La crisis no es por mi culpa
Todo lo que está ocurriendo es culpa de los banqueros, de los griegos, del constructor, el mal empresario..., yo no tengo ninguna responsabilidad, si compro mi casa y la vendo un año después a mayor precio, es el mercado, y si compro acciones de un banco de Nueva York es que estoy en la "onda", pero cuando me equivoco no es mi culpa, es que me engañaron, me encañonaron para pedir un dinero que no quería ni deseaba.
Os dejo este artículo que se publicó en "El País"
Yo no he sido
JAVIER GOMÁ LANZÓN 29/10/2011
Sabiendo que está prohibido, un niño juega a la pelota en el salón y rompe un jarrón muy valioso. El padre, que desde su habitación oye el estruendo, se acerca presuroso al lugar de los hechos y pregunta a su hijo, que gime rodeado de su culpabilidad (los trozos esparcidos por el suelo): "¿Qué ha pasado?". Contestación: "Yo no he sido". "¿Quién ha sido, pues?". La letanía: el hermano, el perro, el viento, ya estaba roto cuando él llegó o, incluso, se cayó solo. Todos menos él. ¿Qué debe hacer el padre? Educar es introducir de la mano al niño en el principio de realidad, donde los actos tienen consecuencias, y aceptar sus excusas infantiles sólo contribuiría a malcriarlo y a hacerle creer que basta quererlo para que la realidad ceda a los deseos de su voluntad.
En los últimos quince años el tenor de vida de los españoles se ha parecido mucho al del nuevo rico, pero sin su riqueza. El dinero barato y fácil, junto a un juego perverso de emulación inversa -yo en todo igual o más que mi amigo, mi vecino, mi cuñado, mi compañero de trabajo-, hizo aflorar nuestro grosero apetito de bienes consumibles, que reclama una satisfacción inmediata, sin tolerar demora. Y pedimos préstamos bancarios, que permiten una rápida gratificación y una devolución retardada. Al hacerlo, la ostentación nos hacía parecer más ricos a los ojos de los demás, pero en la realidad éramos más pobres porque nuestra deuda crecía. Aun así no permitimos que la realidad nos estropeara la fiesta. Compramos una vivienda familiar, más un apartamento en la playa; reformamos la cocina; nos encaprichamos de algún cuadro de pintura contemporánea; nos aficionamos al buen vino y a los gadgets tecnológicos; visitamos lejanos países y celebramos a lo grande, sin ahorrar gastos, la boda de nuestra hija. Un amigo me contaba que no hace mucho un sacerdote, durante una homilía de primera comunión, hubo de exhortar a los padres que lo escuchaban a que no solicitaran una ampliación de hipoteca para financiar el banquete...
Ahora la crisis ha roto el jarrón en mil añicos y no podemos pagar todas las facturas ni devolver el dinero que un día nos adelantaron a condiciones pactadas. ¿De quién es la culpa? De los políticos, de los bancos, de los mercados, de los fondos de inversión, qué sé yo. En todo caso, yo no he sido. Durante aquellos alegres años, pedimos a los alemanes que nos prestaran su ahorro para comprarnos los todoterrenos que fabricaban los alemanes. Hete aquí que ahora no tenemos dinero para devolver lo prestado. ¡Malditos alemanes!
Si algún día escribiera un libro titulado La vulgaridad explicada a mi hijo, empezaría con un análisis del "yo no he sido" y de la tendencia yonohesidista a la autoexoneración de responsabilidad, que supone la previa distinción entre deuda (la mía) y responsabilidad (la del otro que ha de responder por mí). Esa distinción existió en el Derecho romano antiguo. Un pater familias pedía algo en préstamo a otro y entregaba como garantía a su propio hijo. El deudor era ese primer pater, pero la responsabilidad de la deuda recaía en el rehén, el verdadero "obligado", llamado así porque permanecía materialmente atado o ligado (ob-ligatus) a merced del acreedor quien, si era satisfecho, liberaba al rehén (solutio), pero en caso contrario, tenía derecho a matarlo o a venderlo trans Tiberim como esclavo. La importancia de la histórica Lex Poetelia Papiria (326 antes de Cristo) es doble: por un lado, estableció que mientras los delitos penales pueden ser castigados con sanciones físicas o con restricciones a la libertad, de las deudas civiles, en cambio, sólo responde el patrimonio; y segundo y principal, unió para siempre en la misma cabeza las figuras del deudor y del responsable. En ese momento -escribe el gran romanista Bonfante- nace la obligación moderna.
La crisis ha disparado súbitamente el índice de culpabilidad de los otros. En nuestras conversaciones privadas y en la opinión pública se repiten las palabras de menosprecio hacia nuestros políticos. Son tan gruesas que se diría que éstos merecen ser vendidos como esclavos trans Tiberim. Al llamarlos incompetentes y mediocres y al culpabilizarlos de nuestra frustración nos reconciliamos con nosotros mismos y sentimos nuestra superioridad moral. Ahora bien, nada nos autoriza a pensar que los políticos sean una raza aparte, una cepa genética nueva traída por un meteorito desde Urano: son como los demás, vienen de la ciudadanía y vuelven a ella. No voy a ensayar ahora una desesperada apología de los políticos y desde luego muchos banqueros y financieros merecen pasear por la plaza pública con grandes orejas de burro. Que hay sobradísimos motivos de indignación, nadie lo duda; que escandaliza ver a tanta gente sufrir injustamente, tampoco. Pero la distinguida ciudadanía, ¿no tiene nada que reprocharse? ¿Nada que reflexionar sobre ese tren de vida dispendioso, pródigo, gárrulo, autocomplaciente, imprudente, antiestético exhibido largos años? ¿Es todo, absolutamente todo, culpa del otro?
El jarrón roto de la crisis está promoviendo reformas de las instituciones políticas, financieras, educativas. Bienvenidas sean, pues conocemos la inmensa influencia social de un marco institucional y regulatorio favorable. Pero cuando parte de la crisis obedece a la generalización de hábitos torpes y vulgares que convierten al ciudadano crítico en consumidor ávido -y uno que en lugar de gastar su propio ahorro ganado con esfuerzo y tiempo pide prestado alegremente el de los demás-, cabe preguntarse si no estaremos reformando las instituciones para que el ciudadano no tenga que reformarse a sí mismo y, como el niño de la pelota, pueda seguir culpando al perro o al viento de sus errores. Si así fuera, no quedaría jarrón por romper.
En el Antiguo Régimen se decía "nobleza obliga". Pensando en la burguesía de los dos últimos siglos, un constitucionalista escribió: "La propiedad obliga". Los ciudadanos de las actuales democracias deberían comprender que también "la igualdad obliga".
Os dejo este artículo que se publicó en "El País"
Yo no he sido
JAVIER GOMÁ LANZÓN 29/10/2011
Sabiendo que está prohibido, un niño juega a la pelota en el salón y rompe un jarrón muy valioso. El padre, que desde su habitación oye el estruendo, se acerca presuroso al lugar de los hechos y pregunta a su hijo, que gime rodeado de su culpabilidad (los trozos esparcidos por el suelo): "¿Qué ha pasado?". Contestación: "Yo no he sido". "¿Quién ha sido, pues?". La letanía: el hermano, el perro, el viento, ya estaba roto cuando él llegó o, incluso, se cayó solo. Todos menos él. ¿Qué debe hacer el padre? Educar es introducir de la mano al niño en el principio de realidad, donde los actos tienen consecuencias, y aceptar sus excusas infantiles sólo contribuiría a malcriarlo y a hacerle creer que basta quererlo para que la realidad ceda a los deseos de su voluntad.
En los últimos quince años el tenor de vida de los españoles se ha parecido mucho al del nuevo rico, pero sin su riqueza. El dinero barato y fácil, junto a un juego perverso de emulación inversa -yo en todo igual o más que mi amigo, mi vecino, mi cuñado, mi compañero de trabajo-, hizo aflorar nuestro grosero apetito de bienes consumibles, que reclama una satisfacción inmediata, sin tolerar demora. Y pedimos préstamos bancarios, que permiten una rápida gratificación y una devolución retardada. Al hacerlo, la ostentación nos hacía parecer más ricos a los ojos de los demás, pero en la realidad éramos más pobres porque nuestra deuda crecía. Aun así no permitimos que la realidad nos estropeara la fiesta. Compramos una vivienda familiar, más un apartamento en la playa; reformamos la cocina; nos encaprichamos de algún cuadro de pintura contemporánea; nos aficionamos al buen vino y a los gadgets tecnológicos; visitamos lejanos países y celebramos a lo grande, sin ahorrar gastos, la boda de nuestra hija. Un amigo me contaba que no hace mucho un sacerdote, durante una homilía de primera comunión, hubo de exhortar a los padres que lo escuchaban a que no solicitaran una ampliación de hipoteca para financiar el banquete...
Ahora la crisis ha roto el jarrón en mil añicos y no podemos pagar todas las facturas ni devolver el dinero que un día nos adelantaron a condiciones pactadas. ¿De quién es la culpa? De los políticos, de los bancos, de los mercados, de los fondos de inversión, qué sé yo. En todo caso, yo no he sido. Durante aquellos alegres años, pedimos a los alemanes que nos prestaran su ahorro para comprarnos los todoterrenos que fabricaban los alemanes. Hete aquí que ahora no tenemos dinero para devolver lo prestado. ¡Malditos alemanes!
Si algún día escribiera un libro titulado La vulgaridad explicada a mi hijo, empezaría con un análisis del "yo no he sido" y de la tendencia yonohesidista a la autoexoneración de responsabilidad, que supone la previa distinción entre deuda (la mía) y responsabilidad (la del otro que ha de responder por mí). Esa distinción existió en el Derecho romano antiguo. Un pater familias pedía algo en préstamo a otro y entregaba como garantía a su propio hijo. El deudor era ese primer pater, pero la responsabilidad de la deuda recaía en el rehén, el verdadero "obligado", llamado así porque permanecía materialmente atado o ligado (ob-ligatus) a merced del acreedor quien, si era satisfecho, liberaba al rehén (solutio), pero en caso contrario, tenía derecho a matarlo o a venderlo trans Tiberim como esclavo. La importancia de la histórica Lex Poetelia Papiria (326 antes de Cristo) es doble: por un lado, estableció que mientras los delitos penales pueden ser castigados con sanciones físicas o con restricciones a la libertad, de las deudas civiles, en cambio, sólo responde el patrimonio; y segundo y principal, unió para siempre en la misma cabeza las figuras del deudor y del responsable. En ese momento -escribe el gran romanista Bonfante- nace la obligación moderna.
La crisis ha disparado súbitamente el índice de culpabilidad de los otros. En nuestras conversaciones privadas y en la opinión pública se repiten las palabras de menosprecio hacia nuestros políticos. Son tan gruesas que se diría que éstos merecen ser vendidos como esclavos trans Tiberim. Al llamarlos incompetentes y mediocres y al culpabilizarlos de nuestra frustración nos reconciliamos con nosotros mismos y sentimos nuestra superioridad moral. Ahora bien, nada nos autoriza a pensar que los políticos sean una raza aparte, una cepa genética nueva traída por un meteorito desde Urano: son como los demás, vienen de la ciudadanía y vuelven a ella. No voy a ensayar ahora una desesperada apología de los políticos y desde luego muchos banqueros y financieros merecen pasear por la plaza pública con grandes orejas de burro. Que hay sobradísimos motivos de indignación, nadie lo duda; que escandaliza ver a tanta gente sufrir injustamente, tampoco. Pero la distinguida ciudadanía, ¿no tiene nada que reprocharse? ¿Nada que reflexionar sobre ese tren de vida dispendioso, pródigo, gárrulo, autocomplaciente, imprudente, antiestético exhibido largos años? ¿Es todo, absolutamente todo, culpa del otro?
El jarrón roto de la crisis está promoviendo reformas de las instituciones políticas, financieras, educativas. Bienvenidas sean, pues conocemos la inmensa influencia social de un marco institucional y regulatorio favorable. Pero cuando parte de la crisis obedece a la generalización de hábitos torpes y vulgares que convierten al ciudadano crítico en consumidor ávido -y uno que en lugar de gastar su propio ahorro ganado con esfuerzo y tiempo pide prestado alegremente el de los demás-, cabe preguntarse si no estaremos reformando las instituciones para que el ciudadano no tenga que reformarse a sí mismo y, como el niño de la pelota, pueda seguir culpando al perro o al viento de sus errores. Si así fuera, no quedaría jarrón por romper.
En el Antiguo Régimen se decía "nobleza obliga". Pensando en la burguesía de los dos últimos siglos, un constitucionalista escribió: "La propiedad obliga". Los ciudadanos de las actuales democracias deberían comprender que también "la igualdad obliga".
dijous, 3 de novembre del 2011
Salidas para los Universitarios españoles
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Humor
dimecres, 2 de novembre del 2011
Gordon Gekko en España
Parece que en España también tenemos nuestros Gordon Gekko -el famoso protagonista de "Wall Street", la película de Oliver Stone-, el tiburón de los negocios que construía sus negocios a partir de la información privilegiada.
El Banco Pastor, el día anterior a ser comprado por el Banco Popular subió un "poquillo-demasiado", casualidades y más casualidades.
El Banco Pastor, el día anterior a ser comprado por el Banco Popular subió un "poquillo-demasiado", casualidades y más casualidades.
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Economía
dimarts, 1 de novembre del 2011
América, Familia, problemas y trabajar.
Sé majo con América, o vendremos a tu país a traer la democracia.
Nada une tanto como la familia.
No tenemos tiempo para explicarlo, sube al coche.
Trabaja. Consume. Estate callado. Muere
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