dilluns, 7 de novembre de 2011

El primer Streaker

Os dejo este gran artículo de Fermín de la Calle, publicada en una revista imprescindible, Jot Down.


Londres, la capital del despelote.

La foto compone bien. ¡Qué demonios! Quizá por el barbado mesianismo del protagonista, por ese trotar cochinero del agente que acude a cubrirle con una gabardina, por la impecable facha de los bobbys… Un instante sublime, al menos para Time, que la eligió imagen del año. People meó más largo, elevándola a los altares como imagen de la década.

El fotograma gravita en torno a tres sujetos. Activo, pasivo y elíptico. El sujeto pasivo, paradójicamente, es el despelotado: Michael O’Brien, sumiso y presto a entregarse. El sujeto activo, contrariamente a lo que se pueda pensar, es el diligente policía, como no podía ser de otra forma: Bruce Perry. Y el protagonista elíptico es el cofundador del movimiento streaker, sin comerlo ni beberlo: el fotógrafo Ian Bradshaw. “No habría pasado nada si Ian no hubiera estado allí. Por entonces la televisión no cubría los partidos de rugby. Pero con su fotografía todo se nos fue de las manos”, afirma resignado O’Brien. Las 10 libras que ganó este australiano desnudándose con impúdica tenacidad, 10 libras en 1974 eran 10 libras, fueron las mismas que pagó en la comisaría para saldar tamaño escándalo en el descanso del Inglaterra-Francia de rugby una fría mañana de febrero en Twickenham. Su gesto inauguró tendencia y tras O’Brien brotaron la voluptuosa Erica Rowe, el cocinero de fragata Michael Angelow, el inabordable Mark Roberts… Pero no crean que esto es nuevo, hace siglos que la gente corre en bolas por ahí. Concretamente desde la noche del 5 de julio de 1799, cuando la policía londinense, siempre Londres, detuvo frente a la Mansion House a un desvergonzado que recorría como vino al mundo el trayecto entre Cornhill a Cheapside. En juego, 10 guineas. Hasta servidor lo habría hecho por ese dinero. Por no hablar de los acalorados paseos a caballo de Lady Godiva por Coventry allá por el año 1050.

Sin embargo, la foto de Bradshaw, como todas, tiene su intrahistoria. Lo que se intuye, pero no se escucha. Bruce Perry, tipo afable y bonachón, salió al corte “avergonzado por el espectáculo, teniendo en cuenta que estaba la princesa Alexandra en el palco”. Y ante la premura abochornante echó mano de lo primero que tenía para tapar las vergüenzas del espontáneo. “Coloqué el casco y el resto lo hizo Bradshaw con su cámara”. El fotógrafo no lo tuvo fácil: “En un segundo se arremolinaron a su alrededor. Me preocupaba encontrar un buen encuadre y recé para que el casco no saliera movido”. La Omertà de la foto esconde grandes misterios que han sobrevivido al paso de los años: ¿de qué hablan Perry y O’Brien? ¿Dónde señala el dedo del exhicibionista? ¿Cómo acabó el asunto?

Una escultura de Walter Keethner conmemora en el Rugby Club de Londres aquel instante condenando a la posteridad a O’Brien, actualmente discreto hombre de negocios en Melbourne. Más allá de las 10 libras de multa, el espontáneo ha purgado su fanfarronada siendo protagonista de numerosas campañas. Una marca de ropa interior empapeló Reino Unido y Australia con la imagen en 1991 y cuatro años más tarde un holding británico de telecomunicaciones utilizó la foto para anunciar que los números de teléfono incorporaban un dígito adicional. El dígito que escondía el casco del agente 426-T, verdadero protagonista de este momento glorioso. El lienzo descansa en la memoria colectiva bajo el nombre ‘The Twickenham streaker”. Pero fue Perry, tan británicamente pudoroso, quien pasó a la historia como el héroe anónimo de tan embarazoso episodio. Y ¡qué demonios!, la foto compone de pelotas.


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