dissabte, 27 de febrer de 2010

Los escritores que huyen de la fama

Os dejo un par de artículos que he econtrado en el blog de Grand Guignol, de mi primer "mentor" literario, Juan Ignacio Alonso. Nos habla de un par de personajes, Salinger y Traven, dos escritores que sólo querían escribir, no querían saber nada de la fama o popularidad del papel couché o de nuestra querida televisión. Traven era tan discreto que nadie conoce su verdadero nombre, Salinger se encerro en sus montañas para vivir su vida. Pueden parecer excéntricos, pero yo los encuentro auténticos. Escribian, la gente lee sus libros, ¿qué importa su vida personal? Un escritor no debe aparecer en todos los lugares públicos a contar sus ideas, sus pareceres o sus paranoias, por eso tiene sus libros.
Yo no soy un genio como ellos, por eso tengo este blog para colgar lo que quiero y para sortar peroratas de un sábado por la mañana de guardia.
Hablando de trabajo, un concepto, más médicos no es mejor salud.


Un mal día para el pez plátano

Evidentemente, estamos hablando de Seymour Glass, el personaje recurrente de Jerome David Salinger, y de uno de los cuentos más impactantes que hemos leído en nuestra vida. Fue el primero que publicó, en el New Yorker, su revista, y el principio de una trayectoria literaria a cuya fascinación nadie es capaz de sustraerse. Al parecer, todo el mundo ha leído El guardián entre el centeno, y todo el mundo está de acuerdo en que se trata de una novela genial. Comparto el sentir popular, pero no puedo resistir la tentación de afirmar algo que muchos considerarán una simple “boutade”: El guardián entre el centeno es el peor escrito salido de la pluma de Salinger. Es genial, es maravilloso, pero el resto es aún mejor. Amigos, dejad de leer mis trivialidades y salid corriendo a comprar el resto de sus libros. Si aún no los habéis leído, creedme, os envidio, porque tenéis la posibilidad de descubrir y paladear de nuevas una obra de valor inconmensurable. Nueve cuentos, Levantad carpinteros la viga maestra, Seymour, una introducción… son fantásticos. Pero mi debilidad es Franny y Zooey. Es la única obra cuya lectura recomiendo sin dudas ni vacilaciones. Yo, como casi todos, tan solo soy moderadamente pedante, pero con Franny y Zooey no puedo evitar incurrir de lleno en la más extrema pedantería. Si usted no es capaz de disfrutar de esta novela (o doble cuento largo, o lo que sea), resígnese y entréguese sin complejos a la lectura de Dan Brown y otros ilustres maestros de la literatura de entretenimiento.

Lamentablemente, al repasar hoy las numerosas notas necrológicas publicadas en los periódicos y las opiniones de notables novelistas y críticos, en lo que se ha hecho hincapié en el momento de la muerte de Salinger es a su condición de escritor “extravagante”, sostenida por su animadversión a la luz pública, por su reclusión en una villa aislada de New Hampshire, por la foto -nuevamente reproducida- en la que el autor levanta un brazo amenazador con gesto airado hacia el reportero gráfico que estaba “robando” su imagen. Lo que Salinger pretendía era algo tan simple y razonable como que sus escritos eran públicos, pero su persona no. Que le dejaran en paz, lisa y llanamente. Su postura nos parece casi incomprensible en un ámbito en el que los autores desbordan de vanidad y de anhelo de reconocimiento público. Para el común de los escritores más importancia que su propia obra tienen los baños de multitud, ser tratados como estrellas del pop o futbolistas galácticos. Pues bien, hay algunos que no, como Pynchon, como Traven… como Salinger. Y para colmo, el pobre tuvo que soportar que David Chapman, el perturbado que asesinó a John Lennon frente al edificio Dakota de Nueva York, declarara que había cometido su crimen bajo el influjo de la lectura de El guardián entre el centeno, y que la prensa aireara a voz en grito ese detalle absurdo y sin sentido.

Viene a cuento la estéril polémica desatada hace muchas décadas en el mundo académico anglosajón sobre la verdadera autoría de las obras de Shakespeare. Conspicuos estudiosos trataron de demostrar que fueron escritas por Christopher Marlowe o por Francis Bacon. ¿Qué importancia tiene? Lo único importante es la obra excelsa de un escritor que ha pasado a la posteridad con el nombre de Shakespeare, fuera quien fuese. Lo importante de Salinger es la obra que escribió, no su persona; se pasó toda la vida repitiéndolo inútilmente. Y lo único que consiguió es que su imagen más difundida sea la de un anciano irascible que levanta el puño ante la presencia amenazadora de un objetivo fotográfico.

Quiero rendir un humilde homenaje póstumo a Jerome David Salinger, y lo haré de la mejor manera posible, releyendo una vez más su maravillosa Franny y Zooey, aun a sabiendas que al volver su última página me embargarán de nuevo dos sentimientos contradictorios, el placer de una lectura incomparable, y una envidia indisimulada ante ese inmenso talento.


El “misterio” Traven

Citábamos en nuestro anterior post a B. Traven, junto a Salinger y Pynchon, como modelo de escritor de éxito que huye de los focos públicos. El caso de Traven es, tal vez, el más extremado, ya que fue un maestro en el arte de la ocultación, hasta el punto que las pocas cosas que se conocen de su personalidad y de su biografía podrían perfectamente ser meras especulaciones. Ni siquiera se sabe con certeza el nombre que se abrevia con esa B., aunque se cree que es Bruno.

Veamos las conjeturas respecto a su vida. Es posible que se tratase de un escritor alemán anarquista y antibelicista llamado Ret Marut, que hubo de abandonar su país de origen y se radicó en México en 1923, donde vivió hasta su muerte en 1969. Lo cierto es que el estilo y la temática de la primera novela que publicó concuerdan con esta idea. La nave de los muertos, recientemente reeditada por Acantilado, con traducción de Roberto Bravo de la Varga, es un tremendo alegato contra los burócratas, los políticos, los nacionalistas, los militares, etc., envuelta en una soberbia y emocionante aventura épica protagonizada por Gerard Gales, paradigma de los fracasados, que afronta su tremenda peripecia vital con admirable y libérrima gallardía. Se trata de un marinero que pierde su barco en Amberes por culpa de una borrachera, y queda abandonado, solo, sin dinero ni documentos. Sin sus papeles se convierte de repente en un “no existente” para las instancias oficiales, condenado a vagar por diversos países, acosado, encarcelado y al final expulsado de todas partes. Hasta que consigue embarcar en el Yorikke, la nave los muertos, un desvencijado vapor mercante cuya tripulación se compone precisamente de “sin papeles”, “no existentes”, muertos en vida condenados navegar de puerto en puerto sin posibilidad de desembarcar. La nave de los muertos es un relato que deberían leer obligatoriamente muchos de nuestros políticos actuales.

Pero la novela más conocida de Traven no es otra que El tesoro de Sierra Madre (también reeditada por Acantilado), pues en ella se basó la película del mismo título dirigida por John Huston en 1947, protagonizada por Humphrey Bogart. Cuando Huston comenzó los preparativos del rodaje, la productora Warner Brothers, escribió a Traven invitándole a trasladarse a Hollywood para participar en el guión. Declinó la invitación sugiriendo que Huston y él se encontraran en México, donde podrían aprovechar para localizar escenarios (fue una de las primeras películas americanas que se rodó íntegramente en exteriores en un país extranjero). Pero en vez de Traven compareció un tal Hal Croves, con una carta del novelista que garantizaba que podría perfectamente sustituirle, pues lo conocía todo de su obra. Efectivamente, Croves desempeñó un papel fundamental en la película, no solo en la redacción del guión, sino en su rodaje. En todo ese tiempo John Huston no fue capaz de confimar su sólida sospecha de que Croves era el propio Traven. El éxito de El tesoro de Sierra Madre fue grandísimo y catapultó la figura del novelista, que pese a ello logró preservar su anonimato hasta el final de sus días.
El “misterio” Traven (como el de Salinger) tiene una sencilla explicación. La dió él mismo en una de sus cartas conservadas: “Todo mi misterio consiste en que odio a los columnistas, reporteros y críticos que no saben nada respecto a los libros sobre los que escriben. No hay mayor alegría ni satisfacción para mí que el hecho de que nadie sepa que soy escritor cuando me presentan a la gente o voy a los sitios… Solo así puedo decir lo que me plazca sin que algún pedante o intelectual me recuerde que un escritor de tanta reputación no debería decir tonterías”.

Finalmente, debo referirme a nuevamente a la película. El tesoro de Sierra Madre es una obra maestra, una de las muchas de John Huston (que sin embargo también rodó filmes mediocres que empañan su grandeza). De sus tres protagonistas, Humphrey Bogart, Tim Holt y Walter Huston (padre del director), destaca especialmente este último, que recibió por su magistral papel un Oscar al mejor actor de reparto, y que la revista Theatre Arts, en aquel tiempo la “biblia” del arte dramático, calificó como “la interpretación más perfecta que se ha hecho en la pantalla americana”.
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