dijous, 19 de febrer de 2009

"Esperadme en el cielo" ¿a quién creo?

Os dejo un par de críticas literarias de un mismo libro, "Esperadme en el cielo" de Maruja Torres, Premio Nadal 2009. Una, del periódico donde ella escribe, El País. La otra de La Vanguardia. Noche y día, dos mundos diferentes o dos libros diferentes. Uno puede pensar mal y creer que la crítica del País es buena porque trabaja allí y la más honesta es la de La Vanguardia, pero también puede ocurrir que el crítico de La Vanguardia no sea un fan de Maruja Torres, o su empresa esté en metida en algún litigio con la otra, o un grupo empresarial es totalmente contrario a su vecino de kiosko, o cualquier otro asunto. Así que, ¿a quién creo? ¿Dónde puedo buscar la equidad? En este país cada día lo tenemos más difícil, demasiados bandos, demasiado ying y yang, Barça-Madrid, Rojo-Azul, derecha-izquierda, en definitiva, demasiada gilipollez.



Crítica de Rosa Mora para El País

Perdurar en la memoria de quienes nos aman es la mejor forma de paraíso que se nos puede conceder. Y Maruja Torres (Barcelona, 1943) lo ha construido en Esperadme en el cielo, Premio Nadal 2009, para sus amigos y maestros muertos, como dice la autora, Manolo (Vázquez Montalbán) y Terenci (Moix). La novela se estructura en tres líneas: el encuentro de la narradora, mitad Wendy mitad Alicia, pero, sobre todo, Maruja, con sus amigos en un presunto Más Allá; las aventuras que los tres corren en esa eternidad/inmortalidad, en la que todo está permitido; y el regreso al Barrio, con mayúscula, en el que los tres nacieron y que ya no es el antiguo Barrio Chino de Barcelona ni el Raval en el que ahora se ha convertido, sino un espacio de la infancia, del recuerdo y la nostalgia.

Torres ha recuperado el humor asilvestrado de sus primeros libros, ¡Oh, es él! (1985), sobre Julio Iglesias y la prensa del corazón, o Ceguera de amor (1991), una sátira sobre los fastos del V Centenario del Descubrimiento de América. Todo eso puede verse en las juergas que los tres disfrutan: volando en una alfombra mágica, con Terenci, vestido de ladrón de Bagdad; Manolo, de gran visir, y ella, de Jean Simmons, en Narciso negro. O nadando, con un bañador a rayas y un flotador amarillo y blanco con cabeza de patito, en un mar de lágrimas. O viajando en una golondrina (las barcazas de paseo del puerto de Barcelona) hasta Beirut.
Hay también mucho cine con el gran Lubitsch como santo patrón de la reunión en el paraíso. Y algunos escritores, como Manuel Puig, Cristina Fernández Cubas, Cavafis, san Truman Capote, Arturo Pérez-Reverte, Antonio Machado y alusiones continuas a Peter Pan, de James M. Barrie, y a Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll.

No falta un poquito de suspense, que en realidad no engaña a nadie. ¿Está verdaderamente muerta Wendy-Alicia-Maruja?, ¿está en coma?, ¿está soñando? o ¿está simplemente durmiendo? Es muy fácil de adivinar.

La recuperación del viejo Barrio Chino no alcanza ni de lejos la intensidad que logró Torres en Un calor tan cercano (1997), probablemente una de sus mejores novelas, por no decir la mejor. Aquí se trata de pinceladas con las que la narradora ayuda a los amigos muertos a reconstruir el recuerdo del Barrio.

Las figuras de Manolo y de Terenci son más caricaturas que personas de carne y hueso y casi se convierten en comparsas en lo mejor de la novela, la introspección y la autocrítica, a veces tan salvaje como su humor, que hace la narradora y que atraviesa de punta a punta la novela. A veces con sus propias palabras, otras en la voz de sus amigos. Ya en las primeras páginas, Manolo y Terenci le dicen al unísono: "Has perdido el sentido del humor y aquella ironía, llevas años amustiada e irritable, aburrida". "Nos preocupaban tus insomnios, la frecuencia con la que le dabas al frasco, las horas que pasabas haciéndote dar masajes (...) ¿Crees que el hecho de envejecer te autoriza a traicionarte?", añade Manolo.

La propia escritora no se permite ni una concesión: "Cuando se aparenta lo que no se es, y eso es lo único que los otros creen que eres, y hasta te felicitan por serlo, te vas quedando sin gente cercana con quien compartir el tablón del naufragio". Hay reflexiones mucho más duras.
De sus conversaciones con los amigos muertos y de un surrealista encuentro con el Ángel Caído (la novela empieza y acaba en la Feria del Libro de Madrid) la narradora concluye que sí hay una segunda oportunidad para ella: "Proporcionando a mi vejez el ímpetu con que atravesé anteriores etapas de mi vida, con idéntica pasión por el riesgo".
Al final, se tiene la sensación de que, humor y risas y ciertas incoherencias aparte, Maruja Torres ha culminado el duelo por sus amigos y ha escrito esta novela como una especie de catarsis que emocionará a sus lectores.


Crítica de J.A. Masoliver Ródenas para La Vanguardia

El premio Nadal ha marcado, durante muchos años, la trayectoria de la narrativa española contemporánea, desde que en 1944 lo ganó Carmen Laforet con Nada.Esta trayectoria está marcada por autores como Miguel Delibes, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Ramiro Pinilla, ÁlvaroCunqueiro, Juan José Millás o el gran escritor argentino Juan José Saer. Con la proliferación de premios dentro de un mercado salvaje y especulativo dominado por la filosofía del best seller y con el nacimiento de un nuevo y más indiscriminado tipo de lector, parecería inevitable que los que hemos seguido de cerca la trayectoria del Nadal tengamos que aceptar que ya no hay espacio para la mitificación. Sin embargo, los últimos premiados, Eduardo Lago y Francisco Casavella, representaron una inyección de optimismo que ahora se tambalea ante una novela más propia del Planeta que del Nadal. Pero Maruja Torres (María Dolores Torres Manzanera, Barcelona, 1943) el premio Planeta ya lo obtuvo en el 2000 con Mientras vivíamos.La pregunta que hacerse es: ¿está la escritora a la altura del prestigio del premio?

La respuesta la podríamos encontrar en la propia trayectoria de la escritora, dedicada al periodismo desde muy joven, colaboradora de Garbo,Fotogramas o Por Favor y redactora de El País.Conoce, pues, la vertiente más frívola (la misma que la llevó, por ejemplo, a escribir Oh, es él,en torno a Julio Iglesias) y la de la renombrada periodista, paródica, polémica, corrosiva, crítica con el poder y perceptiva corresponsal de guerra. Lo paradójico es que para un tema como el de Esperadme en el cielo haya escogido la línea más frívola. En este error de planteamiento descansa, creo yo, el fracaso de la novela. Es decir, la escritora no nos ha engañado, sino que se ha engañado a sí misma. Al igual que otro escritor de talento, Fernando Savater, Maruja Torres necesita justificar el premio (mal empezamos) insistiendo en que la literatura tiene que divertir o entretener - cosa que hicieron, con creces, profundos indagadores de la condición humana como Cervantes o Kafka, no exclusivamente divertidos-,aceptando que "no todo el mundo nace para hacer catedrales. Algunos hacemos mesas; pero se trata de que esa mesa que hagas sea la mejor".

El problema es que uno de los atributos de la mesa es que tenga cuatro patas y aquí esta mesa cojea o no las tiene. ¿Deliberadamente? En entrevista con Sònia Hernández publicada en la revista Qué Leer en marzo del 2006, anunciaba ya un proyecto bastante definido; y en la novela consta que está redactada entre el 2004 y el 2008. No hay pues espacio para la improvisación, aunque sí para el abandono. Por otro lado, estamos hablando de una escritora de oficio y marcada - desde su nacimiento en el Raval hasta sus experiencias como corresponsal de guerra y su conocimiento del mundo árabe-por una realidad dura, conflictiva, que invita poco al sentimentalismo y mucho a los sentimientos hondos, aquí ausentes. Y a ello debería haber contribuido también el tema: el reencuentro en el Paraíso con los míticos o mitificados Terenci Moix y Manuel Vázquez Montalbán. Un encuentro que se debe, se nos dice al abrirse la novela, a que "te quedaste frita en plena firma de tu libro", entró en un estado de somnolencia y perdió el conocimiento. A partir de aquí se acumulan las ocasiones perdidas: en lugar de un Paraíso dantesco nos encontramos con un espacio indefinido y despoblado, donde los únicos protagonistas son los tres amigos. El mundo de los sueños ofrece también infinitas posibilidades, apoyadas por la tradición, pero aquí sólo sirve para borrar la frontera entre realidad e irrealidad y dar espacio libre más a la invención que a la imaginación. Pero sobre todo podría haber sido una oportunidad para dar una visión más honda y humana de los dos escritores fallecidos, muertos relativamente jóvenes y con personalidades complejas, me atrevería a decir que torturadas. Un humor que les sirvió para enmascarar lo más conflictivo de sus personalidades y que ahora Maruja Torres, amiga de ellos desde casi toda la vida, podría haber desenmascarado.

Probablemente la narradora se ha dejado arrastrar por la reivindicación de la cultura popular que hicieron ambos escritores. El título de la novela procede de una canción de Antonio Machín, y la novela está marcada por el cine de Hollywood, el mismo que admiraron Manuel Puig (uno de los escasos personajes del libro) y Cabrera Infante, y que en el Allá Abajo, en su evocado Barrio Chino, era "lo más semejante al Paraíso", y les permitía huir hacia la fantasía. Esta fantasía justifica aquí todo tipo de prodigios, como la presencia de Peter Pan justifica trasladarse de un lugar a otro (Barcelona, Madrid, Beirut, pero nunca por el Paraíso) y convertirse en niños para caer en el infantilismo. Ami entender, esta novela sólo llega a ser divertida y entretenida en la medida en que es un disparate. De pies a cabeza y sin pies ni cabeza.
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