dimarts, 3 de març de 2009

Ganámos 4 a 3 al mejor equipo del Universo.

No he podido resistirme a escribir este post, por un partido importante que ganamos al año, me recuerda al Barça de los 70 y 80 que se conformaba con ganar al Madrid, alguna Liga y muchas Copas del Rey, como ha cambiado todo. Supongo que soy del Atlético porque me recuerda al Barça de mi infancia -viviendo en el Priorat era difícil tener otro equipo-. Ganamos 4 a 3, remontando dos veces el partido, increible pero cierto. Os dejo la crónica de Carlos Fuentes, un maestro en esto de la literatura y deporte.


Y, de repente, el orgullo

Cuando menos los esperábamos propios y extraños, cuando más difícil y menos probable parecía, cuando pocos confiaban (o confiábamos) en algo así, el Atleti jugó un buen partido de fútbol, ganó al líder por ganas y rabia y nos hizo a todos pensar que el Atleti de antes había pasado por donde antes pasaba casi todas las semanas. Porque lo de ayer, no me lo negarán, fue muy del Atleti, del Atleti de verdad, del nuestro.

Resulta dolorosamente paradójico que el partido de ayer, que estaba llamado a ser un partido para disfrutar y pasar un buen rato y hablar mucho y bien de lo visto y del futuro, fuese un día de dolor para la familia de un chaval de nueve años que perdió la vida de manera absurda cuando hacía lo que tantos hemos hecho a su edad: jugar al fútbol. Resulta también paradójico que ayer, el día en el que Atleti y Barça empezaron el partido con un minuto de silencio de esos que a uno le hielan el corazón, uno conociera en persona y diera la mano al que fue uno de sus ídolos futbolísticos cuando contaba precisamente nueve años de edad y estrenaba su primera camiseta rojiblanca de algodón y cuello redondo: Leivinha. Resulta también paradójico, pero justo, que en medio de la alegría de ayer uno no pueda dejar de pensar en el mal rato de una familia por la que a uno le gustaría hacer algo sin saber muy bien el qué, ni si puede, ni casi si debe.

Porque tras la muerte de Diego Alcalá, el alevín del Atleti, uno se pregunta si hay algo que pueda hacer para aliviar el dolor de sus padres y tras reflexionar un poco llega a la conclusión de que no. Pero quizás por llevar ese chaval la camiseta que muchos también llevamos a su edad, la camiseta que nos gustaría que lleven nuestros niños cuando tengan nueve años, uno siente que debe intentar hacer algo. Y así, cuando ve que no lo consigue, la sensación de impotencia es enorme aunque no lo suficientemente grande como para borrar estos dos párrafos y hacer como si nada hubiera pasado. Y es que, quizás por llevar esa camiseta y verse uno identificado en sus propias fotos de infancia, uno siente más cerca estas cosas y se ve más involucrado en algo que no puede evitar, ni aliviar, ni si quiera casi comprender. Así que, sintiendo de antemano la torpeza por no saber ayudar, nuestro abrazo a la familia del chaval y nuestras disculpas por no poder ser un mejor apoyo.

Ayer, domingo uno de marzo de dos mil nueve, cincuenta mil tipos vivieron entre más frío del que esperaban una noche de esas que no se olvidan. No se ganó un título ni se batió el record de goles ni salió ningún jugador a hombros, como Mendoça, pero el estadio Vicente Calderón volvió a ser lo que no debería dejar de ser: un lugar en el que se juega al fútbol, se ven prodigios, se rompe la lógica, se abraza uno con desconocidos y le queda claro a todo el mundo por qué somos del Atleti y no podríamos ser de ningún otro equipo. Ahí queda eso.

Ayer, día en el que el Atleti se jugaba el descolgarse casi definitivamente de la lucha por entrar al menos en puestos de Champions ante un equipo que últimamente gana con demasiada facilidad a los nuestros, muchos atléticos de pro no fueron al campo. Me quedo en casa, dijeron, visto lo del martes no tengo ganas de acudir a una masacre. Además hace frío, más frío del que parece y casi mejor nos quedamos en casita, así, tranquilos. Otros fueron de mala gana y cuando les preguntaban sus compañeros de fatigas qué, hoy qué, se encogían de hombros y decían pues ná, qué te voy yo a decir, hoy ná, ná de ná. Así, a pesar del buen ambiente y de las ganas de ver el partido, la grada del Calderón estaba llena pero no a reventar. No había sitios libres pero sí se podía instalar uno con comodidad en la grada sin aquello de mire, es que hoy he venido con el chaval, si no le importa se pone Vd allí. No, si yo me pongo, pero si luego llega el dueño de la entrada correspondiente a ver qué hago yo. No se preocupe, póngase aquí que mi vecino hoy no viene, que está desesperado con el equipo y se ha ido al cine a ver esa de quiero ser millonario que ha ganado los oscars. Ah muy bien, pues muy amable, póngase Vd ahí con el chaval entonces y yo me siento aqui, muchas gracias, hay que ver qué sucio está esto, y eso que dice el presidente que es un maniático de la limpieza, ¿maniático de la limpieza?, BAH.

- Pues hace más frío del que parecía
- Eso ya lo ha dicho Vd varias veces, oiga
- Pues sí.

A las siete en punto salió el Atleti al campo y también lo hizo el Barça, vestido como un equipo que no parecía el Barça pero resultó que sí que era. A las siete y un minuto se hizo el silencio y todos pensamos, durante algo menos de un minuto, en un chaval y en su familia y en que qué cosas tiene la vida, como para ir preocupándonos de tonterías. A las siete y dos minutos volvió el ruido y el follón y muchos pensaron que si ese minuto había valido al menos para que esa familia se viera mínimamente aliviada, ya el resultado importaba más bien poco.

Así que empezó el partido y la noticia fue que había salido el Atleti. El Atleti sale siempre, dice uno por el fondo, de hecho Vd lo dice en cada crónica y nos cansa con esa tontuna. Así es, pero es que ayer salió el Atleti de verdad. Salió el Atleti que conocíamos, el equipo que jugaba en casa cada quince días y al que seguíamos por la radio entre medias, sin peiperviú ni zarandajas de esas. Salió el Atleti peleón y orgulloso, el equipo que tenía claro que su estadio era su castillo y que de ahí no salía nadie con un punto si no era sudando sangre. Salió el Atleti y al minuto de salir pudo marcar Agüero, quien falló una ocasión aparentemente fácil que acabó en un lateral de la red y con la grada del lateral opuesto gritando gol cuando no lo era, que es algo que da mucha risa cuando le pasa al rival y mucha vergüenza cuando le pasa a uno mismo.

Salió el Atleti con ganas ya de inicio, con Agüero más adelantado y Forlán haciendo de diez, entre Simao y Maxi. De diez, de siete y de once, según las fases y las necesidades del partido. Y de nueve cuando Agüero no podía sólo, y si no hizo de Indy en la foto fue porque le da grima ese traje apolillado y esa cola con todo el relleno apelmazado al final. Salió también Assunçao, encargado de desactivar a Xavi y con Raúl García llevando el peso del centro del centro con acierto y galones. Salió el Atleti más junto de líneas, con Antonio López más pegado a Messi y Heitinga más pendiente de Henry, quizás el mejor atacante de los visitantes. Además del equipo como invitado salió Pablo, quien tardó poco en regalarle a sus detractores buenos motivos para pensar que su reciente mejoría no es más que un espejismo y de paso buenas razones para ponerle velas a Ujfalusi, pendiente todo el partido de cubrir con autoridad los agujeros dejados por su compañero en el centro de la defensa.

Salió también el Barça con Puyol y un excesivamente confiado Márquez, con Sylvinho, el jugador del que uno se olvida hasta que de vez en cuando vuelve a verle, y con Alves, de quien más tarde hablaremos. Salió con Xavi, a quien Assunçao efectivamente amargó la tarde, y con Gudjohnssen, un buen jugador que en actual plantel del Barça no consigue que resalten otra cosa que sus carencias. Salió Messi, que participó poco, y Henry, que a lo tonto metió dos goles. Y Yayá Touré o Touré Yayá, que no nos ha quedado aún claro, un jugador que abulta lo que dos y abarca lo que tres, quien solito se había bastado para mover al Atleti en la ida de la copa. Y Eto'o, claro, Eto'o, que ayer falló alguna ocasión clara y ayudó al equipo menos de lo que de él se esperaba. Salió también un árbitro que hizo cosas raras, del que hablaríamos mucho más de no haberse producido el prodigio del final.

Tras la ocasión inicial de Agüero y una ocasión para el Barça, marcó el Atleti. Marcó Heitinga tras un buen tiro de Maxi y un mal despeje de Valdés, pero el árbitro vio algo extraño que ningún otro mortal vio. En cuatro minutos el Atleti había tenido dos ocasiones y la gente no sabía si frotarse los ojos o prepararse para no ver ni una más. Jugaba bien el Atleti, más por empuje que por método científico, y en estas marcó el Barça. Despejó mal Pablo y Henry metió un golazo que dejó fría a la grada. Si bien el equipo no se descompuso, algo de temblor sí le entró en las rodillas: el Barça, que lo notó, tardó diez minutos en marcar de nuevo. Esta vez fue Messi haciendo su gol clásico: balón que controla cerca del área, se va con facilidad de dos o tres defensores y balón al palo al que no llega el portero. El equipo jugaba bien y con ganas y perdía dos a cero, el trabajo de todos se iba por la borda por la falta de carácter y concentración de alguno, la canción que ya habíamos escuchado antes, la balada triste del colchón de rayas.

Marcó el segundo el Barça y alguno se levantó y se fue. Madre mía, la que se nos viene encima, vámonos y así no pillamos atasco. Perdón, perdón, sí, me voy, lo siento, cuidado que no le pise, hala, adiós, adiós. Cuando los descreídos llegaron al vomitorio, llegó el momento clave del partido. Dos minutos después del gol del Barça, Forlán metió un golazo gracias a un disparo que sonó como un cañón. El Atleti volvía al partido sin tiempo para que la pájara mental hiciera efecto en los jugadores y los aficionados huidizos volvían al redil, disimulando. Perdón, perdón, sí, es que vuelvo, sí, creí que me había dejado un asado en el horno pero he llamado a casa y ya está apagado el horno y ha quedado rico el pollo a l'ast. La grada no perdona a los desertores, empero: fuera, fuera esos, hombre ya, si se van que no vuelvan o que al menos suban cervezas para el resto de la fila. Había partido, o al menos lo parecía, qué cosas tiene el Atleti.

Siguió el Atleti atacando, y lo hacía con una furia y una determinación que hacía tiempo que no veíamos. Controlaban los centrocampistas del Barça y se sucedían las entradas a ras de suelo, los choques al hombre, la ambición de un medio campo con ganas de hacer las cosas bien. En una de estas cayó Touré sobre Assunçao y lo cubrió por completo: cuidado, ojo, parece que aquí abajo hay alguien. Assunçao se recuperó y cuentan los cronistas de pie de campo que luego le pidió la camiseta a Touré para regalarle a su mujer una funda nórdica de color pollito.

Entre los cuatro del medio destacaba Simao, ligero como un bailarín y listo como un carterista, siempre buscando la espalda de su par como ya hiciera en el partido de Sevilla del año pasado. Por que su par fue el mismo, Alves, quizás el único jugador de los dos equipos que se ocupó de empañar el espectáculo. Luchó un balón en carrera Simao y Alves se echó al suelo haciendo gestos que revelaban que una muerte próxima y dolorosa era el único destino cierto del jugador. Se retorció Alves, puso su ya clásica cara de gárgola gótica con orejas de soplillo y pidió anestesia, la extremaunción y un puntillero con patillas y barriguita que acabara con su dolor con prontitud. Como vio que a Simao no sólo no le expulsaban sino que además seguía a lo suyo, tuvo que seguir un rato con la pantomima. Llamaron a los camilleros, llamaron a los médicos, llamaron al Doctor House y al Doctor Rosado y por conferencia llamaron al doctor de Sicily, Alaska, a ver si encontraban su mal. Se levantó de la camilla como Lázaro, se estiró las medias, pidió salir al campo rápido y protestó porque el árbitro le dejó en la banda un minuto. Pasado ese tiempo, salió trotando con la ligereza de una mariposa nómada y se dedicó a amenazar a Simao quien, consciente de ser más listo que el otro, se encogió de hombros y se dedicó a lo suyo. En un partido precioso precedido por un minuto de silencio solemne, Alves hizo el ridículo con su obsesión por la trampa y la pantomima, con su pobre concepto de la inteligencia del espectador y su mezquino concepto de las leyes de la caballerosidad. Peor para él.

Empezó el segundo tiempo y marcó Agüero tras pifia del confiado Márquez. Marcó Agüero el empate y la gente rompió a hablar de aquel partido de los tres goles de Romario, de las ganas del Atleti, de ese equipo que había aparecido sobre el césped que no se sabía si jugaba bien o mal pero que se iba a por empate y casi la victoria con las mismas ganas con las que lo haría la grada. Siguió el Atleti atacando y la afición empezaba a creer. Xavi no estaba, el centro del campo del Atleti funcionaba y la defensa adelantada ayudaba. La grada sonreía, charlaba, se giraba y en vez de decir pa'matarlos decía así sí, vamos, vamos. Empujaba el Atleti y empujaba la gente, Forlán recorría kilómetros de una punta a otra del campo, ningún jugador se tapaba. Pudo haber penalty al Kun, pudo Forlán marcar a puerta vacía, un fallo similar al de Sevilla hace una semana. Pero no marcó el Atleti y si lo hizo Henry tras una buena jugada de Gudjohnsen, quien se aprovechó de las ventajas de la defensa adelantada por la zona en la que estaba Pablo. Dos a tres, qué injusticia, ay Dios mío.

Y fíjense que si el partido hubiera acabado a estas alturas, uno no se habría ido triste. Se habría ido incómodo, enfadado con el mundo, despotricando contra la injusticia pero al menos aliviado por la imagen dada por el equipo, por la lucha, por la entrega, por la apariencia de equipo que a veces entiende lo que supone llevar esas rayas. Pero ahí no acabó el día. Falló Eto'o y falló el Kun, atacaba uno y atacaba el otro. Entró Sinama por Maxi y le hicieron penalty. Le hicieron penalty y el árbitro dijo que no e insistió el linier y el árbitro dijo bueeeeeeno. Paró el partido, se paró el tiempo, pararon varios aviones en pleno vuelo para ver el desenlace y paró todo lo parable, incluido el calendario zaragozano que, oh milagro, ya había previsto este lance y el consiguiente retraso inusual en el año 1910. Cogió Forlán el balón tras su fallo clamoroso y el árbitro le hizo esperar, para chinchar. Tirará Vd cuando yo quiera, oiga, decía el árbitro con chulería. Pero Forlán no es como nosotros, que en esa situación habríamos llamado a un guardia o a nuestra mamá, él no. Forlán esperó y, a sabiendas que de nuevo el momento clave del partido dependía de él, marcó el penalty. Porque, cuando hace falta, no suele faltar Forlán, no suele.

Empató el Atleti y nos dimos por contentos sin darnos cuenta de que quedaba la traca final, la piñata-sorpresa, la miss que sale del pastel. Marcó Agüero cuando el partido acababa, cuando la gente daba gracias por el punto y por el espectáculo, cuando la grada pensaba que las cosas pueden ser aún mejores pero esas cosas no nos pasan a los que nos sentamos en esos asientos tan sucios. Marcó Agüero y lloraron de emoción sus fans, lanzaron los puños al aire los señores respetables, se abrazaron los abuelos con los nietos, los zurdos con los diestros, los mods con los rockers y los cazadores con los venados. Marcó Agüero y los aviones se volvieron a parar, los molinos dejaron de girar y los concejales de urbanismo decidieron llevar una vida modesta dentro de la legalidad. Marcó Agüero y saltó Leivinha en algún rincón de Madrid, saltó Torres en algún rincón de Liverpool y algún amigo suyo en plena grada, se echaron a la calle en tropel las carmelitas descalzas y los Buzzcocks decidieron volver a tocar juntos el miércoles, mismamente. Marcó Agüero y de repente le vimos delgado y en plena forma, incapaz de una indisciplina y yerno de un suegro modelo. Marcó Agüero y desde que marcó Agüero hasta que Vd acaba de leer este plomo de crónica se quedó la afición un rato en el estadio vacío, sin saber si al irse se acabaría el encantamiento, sin querer salir a la calle y volver a la cruda realidad. Cantó la afición por los pasillos del Calderón como hacía tiempo que no cantaba, se preguntó por qué demonios no hacen esto los jugadores con más frecuencia, subió la hinchada por Paseo de Pontones regateando a los policías municipales y haciendo pausas en los bares para anunciar la buena nueva: que, aunque fuera por unas horas, el Atleti había vuelto, el Calderón había vuelto a ser lo que tantas veces. Que, no se sabe si gracias a una conjunción astral o a la presencia en Madrid de Leivinha o al empuje de un chaval de nueve años que toca la lira de rojo y blanco, el Atleti había pasado por el campo y aún podía olerse el aroma de la pólvora de los tiros de Forlán y aún sonaba el eco del trueno de la grada entera cantando el cuarto gol, el gol de Agüero al Barça, ese gol del que no nos olvidaremos nunca.
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