dijous, 15 de gener de 2009

Gangs Of New York

Mientras mi equipo, con el permiso del Nàstic, el Atlético de Madrid, perdia de nuevo con el F.C. Barcelona, por tercera vez esta temporada, yo estuve viendo de nuevo "Gangs of New York", una gran película, cada vez que la veo me gusta más. La batalla inicial en la nieve es genial, me recuerdan al inicio de "Lo que sé de los vampiros" de Francisco Casavella. "Aún no ha empezado la batalla y la nieve huele a sangre. Al frente de su caballería,muy derecho en la montura, el rey admira lo que en breve será campo de fuego. Desenvaina el sable, vira grupa hacia sus filas para ordenar una carga y sólo entonces descubre lo imperdonable más allá de tricornios, banderas y capotes relucientes. El monarca pica espuela y cabalga entre el vapor de cien alientos hasta alcanzar al oficial que recula y tiembla. La mirada del rey es Desdén Luminoso; su voz, la Voz del Destino; sus palabras, el Martillo delTiempo:
-¿Te crees que vas a vivir eternamente, soperro?"

Os dejo la crítica de Carlos Boyero, no sé si el mejor crítico que he leído, pero para mi el que escribe mejor sobre cine. Y si pincháis aquí la crítica que aparece en una gran página de cine, filmaffinity, muy recomendable para no ver auténticos bodrios y no perderse pequeñas joyas. Críticas de espectadores, algunas realmente buenas y sobretodo independientes, no comen de esto.

Viendo la película desee que nuestro entrenador no fuera el mejicano Aguirre, si no "El Carnicero", el personaje interpretado por Daniel Day Lewis, partiendo la carne en el vestuario, ante los jugadores y mirándoles a los ojos con su ojo de cristal decirles: "si no os dejáis la piel en el campo la próxima carne que tendréis aquí será la vuestra, y no la de esta pobre vaca."


Martin Scorsese ha utilizado siempre el engañoso envoltorio de la ficción para hablarnos de lo que ha conocido profundamente en la vida real, de los personajes, ambientes y sensaciones que han marcado su existencia, de sus recuerdos más intensos de infancia y de adolescencia, de las historias que le contaron sus mayores. Su irrenunciable patria, su territorio más amado, el alimento de su arte no es Estados Unidos, sino la caótica, tensa, dura, fascinante y compleja ciudad que le parió.

Lou Reed, en una hermosa, vibrante y memorable canción hacía una arrogante, conceptual y tajante declaración de principios morales afirmando: «Soy un hombre de Nueva York». Woody Alíen y Scorsese comparten esa certidumbre sobre las señas de identidad de su personalidad y de su arte. Son hijos de Nueva York, artistas de Nueva York, y nos hablan con un lenguaje magistral y con la autoridad que les otorga el conocimiento y el amor a esa Babel en la que ocurren todo tipo de cosas. Retratan su olor, su luminosidad, su negrura, su vitalismo, su ritmo, su magia, su violencia, sus calles apacibles, sus calles tenebrosas.

En Gangs of New York Scorsese retrocede en el tiempo para describirnos los orígenes de su eterno icono. Posee datos y referencias muy precisas sobre la arquitectura de su ciudad y la gente que la habitaba. Los utiliza con sabiduría y su poderosa imaginación, unida a la de sus brillantes guionistas, se inventa una historia que huele a real, llena de ruido y de furia, de épica y de horror, de pasión y de lírica. Combina con el pulso de un clásico la historia y la leyenda, la acción y el intimismo, el miedo y la determinación, el abrasivo retrato coral y la descripción más sutil de las emociones.

En "La edad de la inocencia" Scorsese recreaba la Nueva York de la segunda mitad del siglo XIX. Allí describía el universo de los ricos, de lo aristocracia de Manhattan. Narraba una imposible historia de amor, jodida por las convenciones sociales, la hipocresía y el temor al veredicto de la opinión colectiva, el gozoso nacimiento de lo que pudo ser y el trágico crepúsculo de lo que no fue. No había sangre ni violencia externa. Las formas eran exquisitas pero el fondo era estremecedor. Hacía la crónica del peor de los fracasos, el de no haber sido feliz.

En Gangs of New York retorna a la misma época, pero aquí el problema ya no es vivir, sino sobrevivir. Muestra la miseria y la desesperación que la acompaña, la ley de la selva y sus inflexibles reglas, el hacinamiento y la sordidez, la feroz batalla entre los nativos y los emigrantes, la corrupción de los políticos y de la policía, la invisible línea divisoria entre la delincuencia y el orden, los ritos iniciáticos y la irrenunciable venganza, la necesidad de pertenecer a un clan para no sentirse perdido y la traición a tu gente en nombre de las sucias salvaciones cotidianas, la tentación de huir y la implacable tiranía del fatalismo, la violencia como exclusiva forma de relación y de poder y los transparentes y salvajes orígenes de la revolución de la plebe.

Tengo que retroceder mucho tiempo para encontrar el grado de aterrada hipnosis que me provoca el adrenalínico arranque de esta película. Un hombre majestuoso y vestido con una sotana que le exige a su pequeño hijo que jamás limpie de su navaja la sangre que ha derramado. Tambores obsesivos que van congregando alrededor de este temible jefe de la tribu a sus desharrapados y volcánicos guerreros en un escenario que desprende el aroma del universo que pintó el Dickens más sombrío. Una calle nevada en la que el ejército enemigo espera el desafío y la batalla que perpetuará el dominio del vencedor, acaudillado por el inolvidable Bill el Carnicero, racista, xenófobo y cruel, exhibiendo como certificado de guerra sus depredadores cuchillos y un ojo de cristal en el que está grabado un águila. Es el prólogo de la catarsis, del bestial cuerpo a cuerpo con armas cortantes, del vencer o morir.

El enganche de esta magistral secuencia inicial permanece durante casi tres horas que pasan volando. Asistiremos a la inaplazable venganza del cachorro contra el matador de su padre, la complicidad afectiva y la admiración mutua de los que están condenados a enfrentarse, la tenebrosa evolución de unos barrios insomnes en los que el fuerte se ceba sistemáticamente con el débil. Todo desprende autenticidad, vida y sentimientos intensos. Esta película posee el sello que identífica a las obras maestras. No hay tiempos muertos, ni balbuceos, ni relleno, ni impotencia. Sus ambiciones son enormes, pero el resultado también. Es grandiosa en todos los sentidos.
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